Sesgo de creencias: cuando nuestro conocimiento nos ciega.

En filosofía, se llama silogismo a un tipo de argumento que tiene la siguiente forma:

  • “Todos los psicólogos están un poco mal de la cabeza.
  • Fernando es un psicólogo.
  • Por lo tanto, Fernando está mal de la cabeza.”

En esencia, se trata de tres proposiciones o afirmaciones categóricas (o son ciertas, o no). Las dos primeras se llaman premisas, y contienen la información de partida para el razonamiento. La tercera se llama conclusión y, si el argumento está bien construido, se sigue lógicamente a partir de las premisas.

Los silogismos, cuyo origen se remonta nada menos que a Aristóteles, constituyen en sí mismos todo un campo de estudio en psicología. Y es que, una vez más, las personas no somos del todo racionales o competentes cuando razonamos con ellos. Por ejemplo, están los efectos de la figura (García Madruga, 1982), o el heurístico de atmósfera (Woodworth & Sells, 1935). Pero me parece más interesante explicaros aquí cómo nos puede influir el contenido del silogismo. Por ejemplo, leed el siguiente argumento:

  • “Ningún medio de transporte es barato.
  • Algunos trenes son baratos.
  • Por lo tanto, los trenes son un medio de transporte.”

¿Diríais que este argumento es lógicamente válido? Habrá más de uno que esté tentado a responder que sí. Aunque lo cierto es que, usando las leyes de la lógica, podemos descartar esta posibilidad. Si examináis las oraciones con cuidado, veréis cómo la conclusión no se sigue de las premisas. Por otro lado, en cuanto a contenido, la conclusión parece bastante razonable. Los trenes son un medio de transporte. Quizá esto ayude a comprender el error.

Cuando uno examina un argumento, tiene que comprender muy bien que existen dos planos separados, no conectados: por un lado, tenemos el mundo de la lógica, que dicta si el argumento es válido o inválido, y atiende únicamente a la estructura. Es decir, se enfoca en aspectos como la posición de los términos en las proposiciones, las palabras que hacen de cuantificador (“modo”), etc. Por otro lado, tenemos el mundo de la ciencia, o del saber, que nos dice si una proposición es cierta o falsa, en función de si su contenido se corresponde con la realidad. Coherencia lógica y valor de verdad, por tanto, viven en mundos separados porque al evaluarlos tenemos que buscar en lugares diferentes, y cada uno vive bastante ajeno al otro. Así, podemos tener argumentos lógicamente válidos que no se corresponden con la realidad:

  • “Todos los trenes están hechos de gominola.
  • La gominola es el material de los sueños.
  • Los trenes están hechos del material de los sueños.”

…Y al contrario, argumentos lógicamente inválidos cuya conclusión es cierta, como el que mencionamos al principio.

Esto quiere decir que, si se trata de juzgar la racionalidad de un argumento, el contenido del mismo no importa. Es decir, una máquina programada para resolver razonamientos de este tipo debería ser completamente ciega al contenido del argumento, y fijarse exclusivamente en la forma y estructura. Para un ordenador de este tipo, todos los silogismos tendrían una pinta como esta, si los traducimos al “lenguaje-robot”:

  • Premisa menor: Cuantificador (Término S, Término M).
  • Premisa mayor: Cuantificador (Término P, Término M).
  • Conclusión: Cuantificador (Término S, Término P).

Es decir, aquí no hay nada más que el esqueleto lógico del argumento, ni rastro del contenido.

Sin embargo, gracias a investigaciones como las de Minna Wilkins (1928), Jonathan Evans y otros (1983), sabemos que las personas *no* actuamos como máquinas cuando evaluamos silogismos. Al contrario, parecemos bastante cegados por el contenido del mismo. Cuando sabemos que la conclusión es correcta, o al menos creíble, podemos categorizar como “válido” un argumento que es completamente incorrecto desde el punto de vista lógico. A este fenómeno se lo conoce como “sesgo de creencias” (Evans et al., 1983).

Desde su descubrimiento, este sesgo se ha investigado profusamente en psicología. Ahora sabemos que algunos tipos de contenido pueden alterar en gran medida la capacidad de los participantes para juzgar la validez de los argumentos. Por ejemplo, el contenido emocional puede amplificar o atenuar el sesgo (Goel et al., 2011), a pesar de que racionalmente debería ser irrelevante.

¿Qué tipo de proceso seguimos las personas para caer en este tipo de trampas? Algunos autores proponen que, cuando nos piden que evaluemos la lógica de un argumento, lo primero que hacemos es examinar su contenido. Es decir, ¡justo lo que no hay que hacer! Cuando el contenido encaja con nuestras creencias, lo damos por bueno, sin haber evaluado la lógica subyacente. Sin embargo, cuando estamos en desacuerdo con el contenido del argumento, entonces sí analizamos su estructura lógica, buscando cualquier problema lógico que pudiera contener. A esta teoría la llaman “escrutinio selectivo”, precisamente por eso, porque sólo entramos a juzgar la estructura del argumento cuando no estamos de acuerdo con sus conclusiones.

Ahora, volvamos a la vida real, y pensemos cada uno de nosotros en esas ocasiones en las que nos hemos encontrado una noticia en las redes sociales que nos ha emocionado, para bien o para mal. ¿No estaremos mostrando justo el sesgo que se ha descrito en este post? Si al leer el titular de la noticia ya comprobamos que encaja con nuestra ideología, generalmente la daremos por buena, la compraremos sin más análisis. Probablemente compartiremos el enlace con nuestros followers y nos quedaremos tan tranquilos. Por otro lado, si el titular de la noticia nos parece incorrecto o choca con nuestra forma de pensar, probablemente, ¡entonces sí!, leamos con cuidado la noticia y busquemos cualquier motivo para echarla abajo: “la fuente no es fiable”, “el estudio es antiguo”, “la muestra es pequeña”… Ya sabéis a qué me refiero, y a qué grado de minuciosidad podemos llegar para negar lo que no nos gusta. El caso es que quizá no nos hayamos dado cuenta, pero estaremos repitiendo el mismo tipo de error que los participantes de estos experimentos de psicología, que se vienen repitiendo desde los años ochenta.

¡Y no aprendemos!

Referencias

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About Fernando Blanco

Experimental Psychologist. Believe it or not, this is fun!
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